Hace algunos años, andaba yo tristona después de haber terminado con la que fue mi primera novia y recuerdo haber entrado a un chat, buscando entretenerme y hacer mi sufrimiento más llevadero.
Así fue como conocí a Rosaura Elena (bueno, no se llamaba así pero es más divertido) y fue ella quien me dijo esas cosas bonitas que una necesita oír cuando le acaban de romper el corazón.
Después de platicar un tiempo, decidimos conocernos y fuimos a un parque. Recuerdo nuestras risas de nervios y una plática tan interesante que sobrevivió a la cena y al frío de madrugada.
Aunque ciertamente no coincidíamos en muchas cosas, había cierta atracción. A partir de ahí comenzó un ir y venir entre las dos: Rosaura Elena, romántica como era, también tenía terror al compromiso.
Yo, ingenua como suelen ser las lenchas al principio, no entendía del todo la dinámica. La cosa es que a veces hablábamos, a veces no. A veces chateábamos, a veces ella se perdía y a veces salíamos.
La primera vez que fui a un antro gay fue con Rosaura Elena y recuerdo haber sentido terror cuando entré: ¿Y si me topo con alguien conocido? ¿Y si me dicen algo? ¿Y si me hacen algo?
Yo tenía hasta miedo de bailar, pero eso no detuvo a Rosaura Elena que, después de haber estado sentada en las piernas de una lencha a la que acababa de conocer, se fue a bailar con otra. Por supuesto que me sentí incómoda, pero nada me había preparado para esa situación.
No recuerdo bien qué pasó el resto de la noche, pero sí recuerdo bien cómo terminó: alguien tiró una botella cerca de mí y ella se acercó y me tendió la mano para sacarme de ahí. Recuerdo haberme sentido como una princesa porque no me soltó la mano en todo el trayecto, ni siquiera mientras manejaba.
Rosaura Elena se perdió un tiempo y luego nos volvimos a ver. Fuimos a dar una vuelta en su coche, platicamos y de pronto no pude con su cercanía y la besé. Y me besó. Y nos besamos. Nos besamos un rato ahí donde paró el coche y nos besamos cuando manejaba. Nos besamos también cuando llegamos a mi casa y una luz automática se prendió y nos dio el susto de nuestras vidas.
Por supuesto, eso fue suficiente para que Rosaura Elena se perdiera de nuevo. Lo entendí con el tiempo y lo dejé pasar. Meses después la invité para mi cumpleaños y fue, sólo para felicitarme y darme un regalo. Y sin embargo, estuve muy contenta de verla.
El tiempo pasó y seguramente comenzó a gustarme alguien porque me olvidé de ella casi sin darme cuenta. Alguna vez me la topé en el chat y esta vez era ella quien me contaba sus penas amorosas y yo quien le daba ánimos. Se sentía mal porque yo estaba siendo buena con ella después de "la forma en la que me trató". Pero yo no sentía rencor y no tenía planes de tenerlo.
Incluso un tiempo después, cuando yo ya tenía novia, la invité a una salida con varias de mis amigas y ligó con una de ellas. Y no me afectó en lo más mínimo. Hasta me dio cierto gusto: "A las dos les gusta la salsa y esas cosas, perfecto".
Nos perdimos la pista por varios años, bastantes diría, porque yo ya estaba soltera de nuevo. Había ido al cine con unos amigos y una amiga me acompañó al baño. Ahí estaba Rosaura Elena con una amiga, que después supe era su novia, una mujercita tímida y callada. El contexto no permitió que platicáramos bien, pero nos saludamos con mucho gusto y quedamos de escribirnos, cosa que no sucedió.
Después de un año, fui a un antro y de pronto creí verla. Me acerco y la miro para asegurarme. Ella me ve, me regala una sonrisa grande y se acerca para abrazarme.
Rosaura Elena, señoras y señoras, ya llevaba tres años viviendo con su mujercita, quien así calladita como se veía, había logrado hacerla tocar tierra y domarla. "Ya soy todo un hombre de familia". Me reí porque Rosaura Elena no tiene nada de hombre en su aspecto, quizá sólo un blazer que la traiciona un poquito.
Felicité a las dos y me despedí. Me acerqué a una de mis amigas y le dije: "Te acuerdas que una vez te conté de una mujer con la que... pues ahí está".
Rosaura Elena ya no es esa mujer fugaz de aquel entonces, ni yo aquella lenchita temerosa. Ella se volvió mujer de hogar y yo soy ahora la que sale para todos lados.
La vida sí que da sus vueltas.